"Dentro del átomo los electrones giran alrededor del núcleo varios miles de millones de veces por segundo.
Cada uno de esos electrones dispone de tanto espacio para moverse dentro del átomo como una abeja dentro de una catedral."
(Sir Oliver Lodge)
Imaginarnos a la pequeña abeja revoloteando por una catedral similar a ésta de aquí arriba resulta bastante simpático, siempre y cuando no tropecemos con ella... ¡que también sería casualidad!
Pero la cita de Sir Oliver, después de leída, y digamos un pelín meditada, me ha creado una extraña sensación. Y digo extraña porque, por un breve instante, me he sentido muy grande y al mismo tiempo infinitamente pequeña. Supongo que eso es, al fin y a la postre, lo que somos, unos gigantes o unos casi invisibles granos de arena, depende de con qué se nos compare, y del entorno que se trate.
Y esto puede dar miedo, vértigo, ansiedad; o bien orgullo, satisfacción, euforia, todo depende de la idiosincrasia de cada uno. A mi particularmente, me crea un poco de inquietud: podemos ser apenas perceptibles, ser tan sólo una mota de polvo en la indumentaria de un ser gigantesco, podemos vivir en uno de los átomos de una molécula de agua en un océano sin medidas ni nombre; aunque, por otra parte, bien podemos tener nosotros mismos un universo en cada una de nuestras células epiteliales...
Recuerdo que en una de las películas de Men in Black se plantea algo parecido, podría explicarlo más: un lindo gatito que...., pero no, es posible que alguien no la haya visto y no es mi intención desvelar su enigmático final, ¡eso faltaba! Y ahora que pienso, es la primera de la saga. Si alguien no la ha visto, merece la pena, de verdad.
No se me ocurre nada mejor para ilustrar estas reflexiones otoñales que la que hace años plasmó en un precioso poema Giacomo Leopardi:
El Infinito
Amé siempre esta colina,
y el cerco que me impide ver
más allá del horizonte.
Sentado, mirando a lo lejos
los espacios ilimitados,
los sobrehumanos silencios
y su profunda quietud,
me encuentro con mis pensamientos
y mi corazón no se asusta.
Escucho los silbidos del viento
sobre los montes,
y en medio del infinito silencio
los comparo con mi voz:
me subyuga lo eterno,
las estaciones muertas,
la realidad presente
y todos sus sonidos.
Así, a través de esta inmensidad
se ahoga mi pensamiento,
y el naufragar me es dulce
en este mar.


