Buscando
hoy información sobre un tema que poco o nada tiene que ver con la imaginación,
la biografía de un emprendedor americano en Tailandia, me he encontrado con una
curiosa leyenda:
“Hace muchos años, en una remota región de
Tailandia, en lo alto de una montaña, vivían dos monjes, Ojo-de-Fuego y
Ojo-de-Buey. Habitaban en una misteriosa cueva cuyo interior estaba jalonado de figuras de Buda esculpidas en la misma roca de la cueva. Allí acudía la gente en
busca del consejo y la sabiduría de los dos monjes.
Ojo-de-Fuego
tenía como discípulo al hijo del rey de la región. Un muchacho orgulloso y
descreído que le causaba no pocos disgustos a su maestro. Un día Ojo-de-Fuego
le contó al príncipe que cerca de allí había dos pozos, uno tenía un agua
mortal, quien la bebía fallecía al instante; el otro era de agua vivificadora,
capaz de resucitar a cualquier ser viviente. El príncipe, como ya era costumbre
en él, no lo creyó, para él no era más que un cuento. Así que Ojo-de-Fuego le
dijo que se lo demostraría bañándose él mismo en el pozo de agua mortal,
siempre y cuando el príncipe le prometiera que inmediatamente vertería sobre él
el agua de la vida para resucitarlo. El príncipe se lo prometió, pero cuando el
monje murió, el muchacho no cumplió lo prometido y se marchó corriendo de
vuelta a la ciudad, sin revivir a Ojo-de-Fuego. Afortunadamente el otro monje,
Ojo-de-Buey, estaba por los alrededores y vio burbujas en el pozo de la muerte. Enseguida pensó que algo malo ocurría, sacó a Ojo-de-Fuego y vertió sobre él
el agua de la vida, reviviendo así a su compañero.
Ojo-de-Fuego
juró vengarse del príncipe, del rey mismo y también de la ciudad. Y usando sus
poderes mágicos creó un gigantesco toro que estuvo durante siete días dando
vueltas a la ciudad hasta que entró arrasando todo a su paso.
Su cuerpo
estalló y la ciudad se vio inundada por una riada de veneno que mató a todos
sus habitantes.”
Antropólogos,
científicos e historiadores especularon con el significado de esta antigua
historia, y llegaron a la conclusión de que podía tratarse muy bien de una
metáfora relacionada con alguna tremenda epidemia de cólera que podría haber
asolado la región en tiempos remotos.
Mi
reflexión, y me encantaría leer alguna más…
¿No resulta
curioso que algo tan terrible como el cólera se explicase con tantos detalles
fantásticos?
¿Hemos
perdido nuestra predisposición a la fantasía, a imaginar? Y me vienen a la
mente Atreyu y Bastian, esos entrañables
personajes de Michael Ende, buscando sin
descanso a Fantasía, en esa Historia Interminable en la que todos estamos
inmersos
Tal vez
podríamos envolver nuestras vidas con algo más de sensibilidad, de
tacto. Los noticiarios de hoy en día resultan crudos, desgarradores, agresivos.
Quizás si
de vez en cuando nos contasen algún cuento fantástico…
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