martes, 27 de marzo de 2018

GUERRA Y MAGIA


TREGUNA MEKOIDES TRECORUM SATIS DEE . Con estas crípticas palabras, invocaba la Bruja Novata (película de Disney dirigida por Robert Stevenson en 1971) , encarnada por la excelente actriz Angela Lansbury, a los poderes de la magia para, en el caso que nos ocupa, impedir el desembarco de tropas alemanas en suelo inglés.
Además de ser una película infantil muy entretenida y altamente recomendable, tiene el valor añadido de que  en su argumento se plasma un hecho curioso y desconocido para muchos: el importante y relevante  papel que la magia, en su más amplio y concreto sentido, jugó  en ciertos episodios de la Segunda Guerra Mundial, especialmente en Inglaterra. Probablemente los dos británicos más implicados en la película,  la autora del libro en el que está basada, Mary Norton ( famosa por sus famosos personajes, The Borrowers), y el director del film, Stevenson (el mismo que dirigió Mary Poppins) habían oído hablar de Jasper Maskelyne, el mago que engañó a los alemanes.



Inglaterra es un país fuerte, como la Historia ha demostrado, y esto es en gran parte por la gran capacidad de los ingleses para mantenerse unidos ante las amenazas de primer orden, externas e internas. Y eso sucedió en 1940 ante el ataque y la inminente invasión del país por el ejército alemán. Magos y variopintos personajes hicieron piña para defender a su tierra. Entre ellos destacó, sin duda alguna, Jasper Maskelyne (1902-1973).

Jasper Maskelyne

Jasper, hijo y nieto de magos escénicos, era un hombre muy atractivo, alto, moreno y elegante. Acostumbrado a jugar con las percepciones visuales del público, y hábil ideando y construyendo artilugios para sus actuaciones. Al estallar la Segunda Guerra Mundial, ofreció sus servicios al Almirantazgo inglés para intentar, dentro de sus posibilidades, engañar a las tropas de Hitler. 


Maskelyne entreteniendo a sus compañeros


A los 38 años fue admitido en el departamento de Ingenieros Reales. Su primer destino fue  a Egipto, a El Cairo, en donde él mismo reclutó a más de 400 personas entre dibujantes, carpinteros, albañiles, ingenieros, cristaleros..., colectivo que él cariñosamente llamaba La Cuadrilla Mágica.



Y cuentan que llegó a construir enclaves ficticios, puertos, canales, localidades, todos ellos fabricados de cartón-piedra, a los que los alemanes, engañados, dirigían sus ataques, siendo el falso Puerto de Alejandría y el falso Canal de Suez sus dos  logros más impresionantes.
También se encargó del entrenamiento a soldados de élite en técnicas de camuflaje y de evasión en el caso de que fueran capturados por el enemigo, lo cual incluía el uso de los más curiosos artilugios como diminutos mapas escondidos en naipes, peines que en realidad eran navajas,...todo al más puro estilo James Bond. 

Churchill ante las ruinas de la Cámara de los Comunes

Churchill les dijo a sus compatriotas: Defenderemos nuestra isla a cualquier coste, lucharemos en las playas, en los mares, en las colinas...jamás nos rendiremos. Pero también, además de apelar a su esfuerzo físico y material, hizo un llamamiento más, les instó a que cada día guardaran un minuto de silencio y oración mientras durase la guerra, en la confianza de que la fuerza mental de millones de individuos, su fe, les llevara a la victoria.

Siempre vigilantes

Hay otros personajes que, dentro de sus peculiares campos de actuación, se movieron hacia el mismo fin, evitar la invasión de Inglaterra y frenar a Hitler. Entre ellos cabe destacar a:

Dion Fortune, famosa medium que instaba a  sus seguidores a que todos los domingos, de 12:15 a 12:30, realizaran unos rituales mágicos con el fin de desbaratar las tropas alemanas.

Dion Fortune

Dennis Wheatley, ocultista y escritor que trabajó en el Servicio de Espionaje y Desinformación, proporcionando al enemigo datos falsos e información engañosa.

Dennis Wheatley

Alistair Crowley, personaje enigmático y polifacético, fue visionario, poeta, ocultista, mago y espía doble. Colaboró con las autoridades británicas confundiendo a los alemanes con falsas noticias radiofónicas y partes de prensa ficticios.

Crowley

Eddie Chapman, conocido como Zig-Zag, delincuente y escapista. Durante la guerra fue también agente doble. Los alemanes lo apreciaban mucho como informador, pero él lo que realmente hacía era proporcionarles información sesgada, y previamente manipulada por el Servicio Secreto inglés, sobre los objetivos y planes británicos.

Zig-Zag


Lady Dowding, esposa de un alto cargo militar y teosofista. Cuentan que solía interrogar a los espíritus de los alemanes caídos en batalla para sonsacarles información acerca de sus bases militares y planes estratégicos.

Lady Dowding y su esposo


Sir William Stephenson,  fue uno de los más altos cargos del MI5, personaje relevante dentro del Servicio de Información británico y cuya influencia para que EEUU entrara en la guerra fue decisiva. Se le conocía como El Intrépido, y también como El Canadiense Tranquilo, aludiendo, sin lugar a dudas, a los años en que fue uno de los mejores y más eficaces agentes secretos de Gran Bretaña.  Defendió encarecidamente la colaboración de magos, mediums e ilusionistas en el conflicto, pues consideraba importantes y legítimos todos los esfuerzos, vinieran de donde vinieran, para evitar la invasión.

Sir William Stephenson


viernes, 23 de marzo de 2018

LOS JUICIOS DE DIOS




En la Edad Media, entre los siglos IX y XIII, los Juicios de Dios, también llamados Ordalías, eran unas pruebas que se utilizaban para dirimir conflictos y procesos dudosos, eludiendo así la actuación y ejecución de las autoridades judiciales y normativas legales del momento. Hay que considerar que en aquella época, las acusaciones de los poderes públicos no eran muy frecuentes,  las autoridades no solían interponer acusaciones, se trataba más bien de una cuestión privada. Eran los ofendidos, las víctimas, las que interponían denuncias y reclamaban castigos. El procedimiento se basaba entonces en aceptar o no el testimonio y juramento de inocencia del acusado. Cuando las pruebas no estaban claras y el tribunal escogido por el denunciante tenía dudas, era costumbre acudir al juicio de Dios, y se depositaba en él una fe ciega al considerar imposible que la decisión de Dios fuera injusta o errónea.
Uno de los métodos más frecuentes para aplicar el juicio de Dios era el torneo, la lucha entre caballeros; muchas veces estos aguerridos caballeros medievales luchaban en nombre de otros, más indefensos y poco avezados en la lucha. En la famosa película Ivanhoe, una bellísima judía, Elizabeth Taylor, elige como representante suyo, como su campeón, para librarse de la acusación de brujería, al caballero por excelencia, a Ivanhoe, en este caso Robert Taylor. El vencedor de la lid en el palenque era, a todas luces, el que decía la verdad, ya que Dios no podía equivocarse...


Pero esta forma de invocar la opinión divina en los conflictos no era la única, había otras que no le iban a la zaga, si bien no resultaban tan caballerescas. El fuego y el agua eran utilizados también, y de qué manera. 
Solían utilizarse hierros candentes o lechos de piedras ardiendo para este fin. El acusado cogía un trozo de hierro que había sido previamente calentado y lo sostenía en la mano, luego se le vendaba la mano y al cabo de dos o tres días se la examinaba, si tenía infección o la quemadura no había desaparecido, era culpable, si, por el contrario, no quedaba apenas huella de la brutal quemadura, entonces era inocente. El mismo procedimiento se podía aplicar a los pies, después de cruzar sobre ascuas o piedras candentes si la planta de los pies no presentaba quemaduras o, si las había, éstas desaparecían sin dejar huella en un par de días, la inocencia quedaba demostrada. El agua hirviendo servía igualmente para estas pruebas, sumergiendo la mano o el brazo hasta el codo, según fuera la gravedad del delito.

Otra costumbre muy extendida consistía en atarle al acusado las manos y los pies y tirarlo a un río o a un lago, lo que más cerca les pillara. Desgraciadamente el resultado de esa llamémosle "investigación", dependía de que el individuo se hundiera en el agua o no. Y era paradójico porque si se hundía en el agua era inocente de los cargos que se le imputaban, si, por el contrario, flotaba, era culpable. La explicación hay que buscarla en la gran importancia que siempre, en todas las culturas, han tenido los ríos y los lagos, siendo el hogar de algunos dioses, espíritus, genios..., que, según esas particulares creencias, nunca habrían consentido que un pecador, un criminal, entrara en su seno así como así. Lo rechazaban, y claro, flotaba. Mientras que al inocente, los espíritus del agua lo acogían amorosamente. La pega que este sistema tenía, y por lo que cayó en desuso (gracias a Dios) era que muchas veces los inocentes se ahogaban, no daba tiempo a sacarlos.

En la antigua China, existía hace muchos años una curiosa, y espeluznante, costumbre para comprobar si una pareja había cometido adulterio, o no. Supongamos que un hombre sospechaba que su mujer cometía adulterio, estaba contemplado que, si tenía pruebas suficientes o los pillaba in fraganti, podía matarlos a los dos, cortándoles la cabeza. Pero cuando, a veces, surgía la duda de que hubieran existido otras razones para ese doble crimen, entonces, a toro pasado, se hacía lo siguiente para comprobarlo:
En un recipiente muy grande se ponía la mitad de agua de un río (representando el yang) y el resto de agua de un pozo (representando el ying). A continuación , con la ayuda de un palo, se creaba un remolino dentro del barreño, luego, sin perder tiempo, las dos cabezas cortadas (la de la mujer y la del amante) se echaban dentro, y se esperaba a ver en qué posición quedaban una vez calmado el remolino del agua. Sólo si las caras quedaban enfrentadas eran culpables, si quedaban en cualquier otra posición, pues...

En otras culturas beber extraños y repugnantes bebedizos a base de excrementos, sangre, plantas venenosas y demás delicatessen, era otra de las maneras que tenían para comprobar la sinceridad de los testimonios, si el que bebía tales pócimas moría, que era lo más normal, pues era culpable de todas las acusaciones y sanseacabó.  

Mi parte cinéfila y romántica se queda -en el hipotético caso de que hubiera que elegir- únicamente con  el juicio de Dios caballeresco, sí, el de Ivanhoe. De hecho, creo que habría estado muy bien que todas las guerras y conflictos que han asolado, y asolan, este mundo nuestro, se hubieran podido solucionar así. Que en vez de estar los grandes mandos militares y políticos delante de sus pantallas, mesas, tiendas de campaña, o cimas de montaña, planeando y viendo como miles de hombres morían  enfrentándose en contiendas por un palmo más de tierra o de poder, hubieran luchado ellos en el palenque, en singulares combates, defendiendo con sus propias vidas esos intereses.

jueves, 22 de marzo de 2018

EL BANQUETE MACEDONIO


Alejandro Magno, hijo de Olimpia y del rey Filipo II, nació en el año 356 a.C y murió en el 323, después de reinar durante trece años, periodo de tiempo en el que extendió el reino de Macedonia por todo el Próximo Oriente, desde Egipto hasta la India. Su principal interés inicial al heredar el trono fue la conquista del Imperio Persa, vengando así todas las afrentas y derrotas que los persas habían infligido a lo largo de los años al pueblo griego. Los esfuerzos de Esparta y Atenas, de Leónidas y Temístocles fueron vengados con creces.

Días antes de su muerte, cuando apenas faltaba un mes para su 33 cumpleaños, escribió una carta de despedida a su madre. Es una epístola muy interesante y emotiva, he  aquí un párrafo de la misma:

"Así pues, evita madre, parecerte en flaqueza y debilidad a las otras mujeres, como yo he evitado asemejarme al resto de los hombres en sus acciones mundanas, absteniéndome de ello. Has de saber que no he pensado en la muerte, ni me he fatigado, porque sabía que ella vendría a mí. Por tanto, que no te canse la tristeza, porque tú no ignorabas que yo era mortal. Sabrás que he escrito esta carta porque creo que te consolarás con ella, no defraudes mi convicción, sabiendo que aquello a lo que voy es mejor y más puro que aquello en lo que me encuentro. Así, alégrate de mi partida. Mantén viva mi memoria en lo que parezca bien a tu juicio y resignación, pues todo ello me servirá de ornato. Que no te lleve mi cariño a hacer cosas que yo no he querido, ya que es señal en quien ama el hacer lo que el amado prefiere y dejar de lado lo que detesta.
Piensa, madre, en las criaturas que están sujetas a la existencia y a la corrupción, que van del comienzo al fin. Que el hombre, tras su nacimiento, es caduco y perecedero y ha de volver a su materia original. El que mora, a la larga parte; y el reino, aunque dure, termina por desaparecer.
Date cuenta, madre, de todos los siglos precedentes que se acabaron, de las naciones que desaparecieron. de la cantidad de elevados templos que se derrumbaron, de cuántas moradas excelsas que se alzaban sobre el horizonte se desplomaron y qué gran número de hermosas construcciones se arruinó.
Has de saber, madre, que tu hijo jamás se conformó con la moral de los reyezuelos, así que no te dejes llevar por la de las madres de esos reyes. Evita, madre, todo aquello de lo que tu hijo se apartó, de modo que la grandeza de tu perseverancia sea igual a la magnitud de tu pérdida, pues es sensato aquel cuya perseverancia iguala en grandeza a la magnitud de su pérdida.
Así mismo, has de saber, madre, que todo lo que Dios creó primero es pequeño y luego crece, excepto la desgracia que primero es grande y luego mengua. Conténtate, pues, con este razonamiento y este cálculo.
Ordena, madre, la construcción de una gran ciudad, cuando te llegue la noticia de mi muerte y prepara en ella una gran cantidad de comida y bebida e invita a la gente de Libia, de Macedonia, de Asia, en un día concreto, a esa comida preparada y a esa bebida escogida, en las que te habrás esmerado y ocupado, a fin de que a quien las vea le agraden y la goce quien de ella coma, saboreándola quien la beba. Cuando todo esté dispuesto, invita a toda la gente para que acuda a ese banquete; que no falte nadie en la mesa de la reina, que lo ha hecho para honrarles ese día. Luego, haz pregonar que entre los que asistan al banquete de la reina y entren en su casa, no deberá haber nadie que haya sido objeto de una desgracia, de modo que el duelo por Alejandro sea distinto del duelo de los demás."




Y cuentan que, a la muerte de su hijo, Olimpia hizo todo tal cual Alejandro le había dicho, mandó construir la ciudad, organizó el banquete, envió mensajeros a todos los confines del imperio invitando a todo aquel que no hubiera sido afligido por una desgracia. Pero el día señalado nadie apareció. 
–¿Qué le pasa a la gente que nuestro ofrecimiento rechaza? –preguntaba sorprendida Olimpia.
Y le contestaron:
–Ordenaste que no llegara a ti quien se hubiera visto afectado por una desgracia, y a todo el mundo le alcanzan las desgracias y le sobrevienen pesares.




jueves, 1 de marzo de 2018

Cuestión de sombreros




Aunque el uso del sombrero no es en la actualidad algo muy habitual,  hasta la mitad del pasado siglo XX  su utilización como complemento de vestuario sí que estuvo bastante generalizada. Antropológicamente hablando el uso del sombrero  habría estado condicionado probablemente a  los hábitos de vida; antes la gente estaba mucho más tiempo al aire libre, había que protegerse del sol y de las inclemencias del tiempo. Poco a poco, con los bares, cafeterías, cines, teatros, casas en las que se pasaba más tiempo, esa necesidad se fue diluyendo. Pues hemos de reconocer que, a lo largo de los años, el ser humano ha sido, de alguna manera, encerrado, tanto el ambiente familiar, como en el social y laboral. Hasta llegar al momento actual en el que los avances tecnológicos e informáticos han hecho posible que una gran cantidad de actividades cotidianas como comprar, solucionar papeleo, ir a echar una carta en el buzón, contactar con amigos, ver películas, e incluso trabajar, se puedan hacer sin moverte de casa.



Pero basta con echar la vista atrás, a esos siglos XIX y XX, para darse cuenta de  que el sombrero era  entonces un signo de distinción y elegancia, y para muchos, una parte muy importante e imprescindible de su atuendo diario.  



El sombrero no  era únicamente un elegante accesorio, también tenía un gran uso social. Cuando se entraba en una casa o en cualquier espacio cerrado la acción de quitárselo se consideraba una muestra de respeto y buena educación. El sombrero servía igualmente para saludar , bien con el sencillo gesto de tocar el ala de éste o bien levantándolo momentáneamente, descubriendo la cabeza unos segundos, para volver a dejarlo nuevamente puesto sobre la cabeza.



Probablemente de estas costumbres derive la conocida frase de “quitarse el sombrero ante alguien o algo”. Expresión ésta que alude a la admiración y respeto que se siente hacia otra persona o actuación.
Todos recordamos haber oído en alguna que otra película eso de: “¡Vamos, quítate el sombrero! ¿no ves que estás ante una dama?”



Ha llovido mucho desde entonces; frases como esta han quedado prácticamente obsoletas, primero porque la palabra dama, en su sentido más auténtico, apenas se utiliza, y también porque el uso del sombrero, tan extendido y generalizado hace apenas un siglo,  hoy en día es casi inexistente.



Dicen que todo vuelve, y que las modas son cíclicas. Es posible que esos elegantes y polifacéticos sombreros vuelvan de nuevo a nuestros pueblos y ciudades. Estaría muy bien, personalmente me gustaría mucho. 
Hemos de reconocer que, sin saberlo probablemente, el sombrero forma parte de nuestras vidas, y que son muchas los personajes, históricos y de ficción a los que casi siempre recordamos con su peculiar complemento.

























Aunque, pensándolo bien, ahora me surge una duda si los sombreros volvieran, mejor dicho dos dudas:
La primera, ¿serían tan galantes los caballeros de volver a saludar a las damas tocando el ala de su sombrero, o quitándose el sombrero ante ellas?
Y la segunda, ésta tiene más intríngulis, ¿se ofenderían algunas mujeres ante ese gesto de cortesía, por considerarlo sexista…? 



Ahí lo dejo.


Circula una pequeña historia para ilustrar esta entrada


Al fondo de un ascensor estaba un caballero elegantemente vestido y de aspecto amable. En el piso doce se subieron dos atractivas señoritas vestidas a la última moda, y el hombre inmediatamente se quitó el sombrero y lo sujetó junto a su pecho con ambas manos. Al llegar al piso décimo sonó el timbre de aviso de parada y el ascensor se detuvo entrando dos muchachos. En el piso octavo, sonó el timbre otra vez, volvió a detenerse el ascensor, se abrieron las puertas pero no subió nadie. En el piso séptimo se oyó el timbre y se paró nuevamente el ascensor, subió un recadero con varios paquetes. Cuando a la altura del quinto piso volvió a sonar el timbre, una de las muchachas exclamó:
–¡La madre que parió al maldito timbre!
A lo que la otra muchacha añadió, en voz alta para que todos la oyeran:
–¡Pero es que esta mierda de ascensor se va a parar en todos los puñeteros pisos!
–¡Es verdad, tía, qué asco, teníamos que haber bajado por la  escalera esa de las narices!
El caballero del fondo del ascensor, sin inmutarse y sin cambiar de expresión, muy lentamente, volvió a ponerse el sombrero.

Antoine y el sentido de la vida



Antoine de Saint Exupery (1900-1944), autor de la famosa obra El Principito por la que se le conoce en el mundo entero, no sólamente  dio vida a ese pequeño y enigmático niño perdido en el desierto que nos cautivó  con sus bellas frases y razonamientos.
Antoine escribió unas cuantas obras más junto con ensayos y cartas. El denominador común de su trabajo literario fue siempre la búsqueda de un sentido a la vida. Búsqueda ésta que lo llevó a surcar los cielos de medio mundo como piloto, tal vez allá arriba veía las cosas con más claridad. 



Se ha escrito mucho sobre su vida, sobre su actitud en la Segunda Guerra Mundial, sobre su misteriosa muerte y, más recientemente, sobre el hallazgo de una pulsera identificativa que sitúa el lugar de su fallecimiento, al ser derribado su avión por una caza alemán, cerca de la costa de Marsella.


Transcribo aquí un párrafo de una de sus obras, Ciudadela, que refleja parte de esa gran búsqueda en la que siempre estuvo inmerso. Antoine adquirió un compromiso consigo mismo y con la humanidad: dignificar al hombre como individuo reafirmando sus valores olvidados o perdidos.

Por eso detesto la ironía que no es del hombre, sino del cangrejo. Porque el cangrejo les dice: “Vuestras costumbres, en otras partes, son otras, ¿por qué no cambiarlas?” Los hombres dilapidan así su bien más precioso: el sentido de las cosas. Y se creen muy gloriosos los días de fiesta, por no ceder  a las costumbres, por traicionar sus tradiciones, por festejar al enemigo. Y viven de lo que su enemigo respira. Entonces ya no experimentan nada; pues hasta el gusto mismo de la victoria está olvidado. Y bostezan. Han mudado el palacio en plaza pública; mas una vez pasado el placer de pisotear la plaza con una arrogancia de matamoros, no saben ya qué hacen allí, en esa feria. Y he aquí que sueñan vagamente con reconstruir una casa de mil puertas, con colgaduras que se desploman a la espalda y antecámaras lentas. He aquí donde sueñan con un cuarto secreto que tornaría secreta toda la morada. Y, sin saberlo, habiéndolo olvidado, lloran el palacio de mi padre, donde todos los pasos tenían un sentido.