Antoine de Saint Exupery (1900-1944), autor de la famosa obra El
Principito por la que se le conoce en el mundo entero, no
sólamente dio vida a ese pequeño y enigmático niño perdido en el desierto
que nos cautivó con sus bellas frases y razonamientos.
Antoine escribió unas cuantas obras más junto
con ensayos y cartas. El denominador común de su trabajo literario fue siempre
la búsqueda de un sentido a la vida. Búsqueda ésta que lo llevó a surcar los
cielos de medio mundo como piloto, tal vez allá arriba veía las cosas con más
claridad.
Se ha escrito mucho sobre su vida, sobre su actitud en la Segunda Guerra Mundial, sobre su misteriosa muerte y, más recientemente, sobre el hallazgo de una pulsera identificativa que sitúa el lugar de su fallecimiento, al ser derribado su avión por una caza alemán, cerca de la costa de Marsella.
Por eso detesto la ironía que no es del hombre, sino del cangrejo. Porque el cangrejo les dice: “Vuestras costumbres, en otras partes, son otras, ¿por qué no cambiarlas?” Los hombres dilapidan así su bien más precioso: el sentido de las cosas. Y se creen muy gloriosos los días de fiesta, por no ceder a las costumbres, por traicionar sus tradiciones, por festejar al enemigo. Y viven de lo que su enemigo respira. Entonces ya no experimentan nada; pues hasta el gusto mismo de la victoria está olvidado. Y bostezan. Han mudado el palacio en plaza pública; mas una vez pasado el placer de pisotear la plaza con una arrogancia de matamoros, no saben ya qué hacen allí, en esa feria. Y he aquí que sueñan vagamente con reconstruir una casa de mil puertas, con colgaduras que se desploman a la espalda y antecámaras lentas. He aquí donde sueñan con un cuarto secreto que tornaría secreta toda la morada. Y, sin saberlo, habiéndolo olvidado, lloran el palacio de mi padre, donde todos los pasos tenían un sentido.





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