jueves, 1 de marzo de 2018

Cuestión de sombreros




Aunque el uso del sombrero no es en la actualidad algo muy habitual,  hasta la mitad del pasado siglo XX  su utilización como complemento de vestuario sí que estuvo bastante generalizada. Antropológicamente hablando el uso del sombrero  habría estado condicionado probablemente a  los hábitos de vida; antes la gente estaba mucho más tiempo al aire libre, había que protegerse del sol y de las inclemencias del tiempo. Poco a poco, con los bares, cafeterías, cines, teatros, casas en las que se pasaba más tiempo, esa necesidad se fue diluyendo. Pues hemos de reconocer que, a lo largo de los años, el ser humano ha sido, de alguna manera, encerrado, tanto el ambiente familiar, como en el social y laboral. Hasta llegar al momento actual en el que los avances tecnológicos e informáticos han hecho posible que una gran cantidad de actividades cotidianas como comprar, solucionar papeleo, ir a echar una carta en el buzón, contactar con amigos, ver películas, e incluso trabajar, se puedan hacer sin moverte de casa.



Pero basta con echar la vista atrás, a esos siglos XIX y XX, para darse cuenta de  que el sombrero era  entonces un signo de distinción y elegancia, y para muchos, una parte muy importante e imprescindible de su atuendo diario.  



El sombrero no  era únicamente un elegante accesorio, también tenía un gran uso social. Cuando se entraba en una casa o en cualquier espacio cerrado la acción de quitárselo se consideraba una muestra de respeto y buena educación. El sombrero servía igualmente para saludar , bien con el sencillo gesto de tocar el ala de éste o bien levantándolo momentáneamente, descubriendo la cabeza unos segundos, para volver a dejarlo nuevamente puesto sobre la cabeza.



Probablemente de estas costumbres derive la conocida frase de “quitarse el sombrero ante alguien o algo”. Expresión ésta que alude a la admiración y respeto que se siente hacia otra persona o actuación.
Todos recordamos haber oído en alguna que otra película eso de: “¡Vamos, quítate el sombrero! ¿no ves que estás ante una dama?”



Ha llovido mucho desde entonces; frases como esta han quedado prácticamente obsoletas, primero porque la palabra dama, en su sentido más auténtico, apenas se utiliza, y también porque el uso del sombrero, tan extendido y generalizado hace apenas un siglo,  hoy en día es casi inexistente.



Dicen que todo vuelve, y que las modas son cíclicas. Es posible que esos elegantes y polifacéticos sombreros vuelvan de nuevo a nuestros pueblos y ciudades. Estaría muy bien, personalmente me gustaría mucho. 
Hemos de reconocer que, sin saberlo probablemente, el sombrero forma parte de nuestras vidas, y que son muchas los personajes, históricos y de ficción a los que casi siempre recordamos con su peculiar complemento.

























Aunque, pensándolo bien, ahora me surge una duda si los sombreros volvieran, mejor dicho dos dudas:
La primera, ¿serían tan galantes los caballeros de volver a saludar a las damas tocando el ala de su sombrero, o quitándose el sombrero ante ellas?
Y la segunda, ésta tiene más intríngulis, ¿se ofenderían algunas mujeres ante ese gesto de cortesía, por considerarlo sexista…? 



Ahí lo dejo.


Circula una pequeña historia para ilustrar esta entrada


Al fondo de un ascensor estaba un caballero elegantemente vestido y de aspecto amable. En el piso doce se subieron dos atractivas señoritas vestidas a la última moda, y el hombre inmediatamente se quitó el sombrero y lo sujetó junto a su pecho con ambas manos. Al llegar al piso décimo sonó el timbre de aviso de parada y el ascensor se detuvo entrando dos muchachos. En el piso octavo, sonó el timbre otra vez, volvió a detenerse el ascensor, se abrieron las puertas pero no subió nadie. En el piso séptimo se oyó el timbre y se paró nuevamente el ascensor, subió un recadero con varios paquetes. Cuando a la altura del quinto piso volvió a sonar el timbre, una de las muchachas exclamó:
–¡La madre que parió al maldito timbre!
A lo que la otra muchacha añadió, en voz alta para que todos la oyeran:
–¡Pero es que esta mierda de ascensor se va a parar en todos los puñeteros pisos!
–¡Es verdad, tía, qué asco, teníamos que haber bajado por la  escalera esa de las narices!
El caballero del fondo del ascensor, sin inmutarse y sin cambiar de expresión, muy lentamente, volvió a ponerse el sombrero.

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