En la Edad Media, entre los siglos IX y XIII, los Juicios de Dios, también llamados Ordalías, eran unas pruebas que se utilizaban para dirimir conflictos y procesos dudosos, eludiendo así la actuación y ejecución de las autoridades judiciales y normativas legales del momento. Hay que considerar que en aquella época, las acusaciones de los poderes públicos no eran muy frecuentes, las autoridades no solían interponer acusaciones, se trataba más bien de una cuestión privada. Eran los ofendidos, las víctimas, las que interponían denuncias y reclamaban castigos. El procedimiento se basaba entonces en aceptar o no el testimonio y juramento de inocencia del acusado. Cuando las pruebas no estaban claras y el tribunal escogido por el denunciante tenía dudas, era costumbre acudir al juicio de Dios, y se depositaba en él una fe ciega al considerar imposible que la decisión de Dios fuera injusta o errónea.
Uno de los métodos más frecuentes para aplicar el juicio de Dios era el torneo, la lucha entre caballeros; muchas veces estos aguerridos caballeros medievales luchaban en nombre de otros, más indefensos y poco avezados en la lucha. En la famosa película Ivanhoe, una bellísima judía, Elizabeth Taylor, elige como representante suyo, como su campeón, para librarse de la acusación de brujería, al caballero por excelencia, a Ivanhoe, en este caso Robert Taylor. El vencedor de la lid en el palenque era, a todas luces, el que decía la verdad, ya que Dios no podía equivocarse...
Pero esta forma de invocar la opinión divina en los conflictos no era la única, había otras que no le iban a la zaga, si bien no resultaban tan caballerescas. El fuego y el agua eran utilizados también, y de qué manera.
Solían utilizarse hierros candentes o lechos de piedras ardiendo para este fin. El acusado cogía un trozo de hierro que había sido previamente calentado y lo sostenía en la mano, luego se le vendaba la mano y al cabo de dos o tres días se la examinaba, si tenía infección o la quemadura no había desaparecido, era culpable, si, por el contrario, no quedaba apenas huella de la brutal quemadura, entonces era inocente. El mismo procedimiento se podía aplicar a los pies, después de cruzar sobre ascuas o piedras candentes si la planta de los pies no presentaba quemaduras o, si las había, éstas desaparecían sin dejar huella en un par de días, la inocencia quedaba demostrada. El agua hirviendo servía igualmente para estas pruebas, sumergiendo la mano o el brazo hasta el codo, según fuera la gravedad del delito.
Otra costumbre muy extendida consistía en atarle al acusado las manos y los pies y tirarlo a un río o a un lago, lo que más cerca les pillara. Desgraciadamente el resultado de esa llamémosle "investigación", dependía de que el individuo se hundiera en el agua o no. Y era paradójico porque si se hundía en el agua era inocente de los cargos que se le imputaban, si, por el contrario, flotaba, era culpable. La explicación hay que buscarla en la gran importancia que siempre, en todas las culturas, han tenido los ríos y los lagos, siendo el hogar de algunos dioses, espíritus, genios..., que, según esas particulares creencias, nunca habrían consentido que un pecador, un criminal, entrara en su seno así como así. Lo rechazaban, y claro, flotaba. Mientras que al inocente, los espíritus del agua lo acogían amorosamente. La pega que este sistema tenía, y por lo que cayó en desuso (gracias a Dios) era que muchas veces los inocentes se ahogaban, no daba tiempo a sacarlos.
En la antigua China, existía hace muchos años una curiosa, y espeluznante, costumbre para comprobar si una pareja había cometido adulterio, o no. Supongamos que un hombre sospechaba que su mujer cometía adulterio, estaba contemplado que, si tenía pruebas suficientes o los pillaba in fraganti, podía matarlos a los dos, cortándoles la cabeza. Pero cuando, a veces, surgía la duda de que hubieran existido otras razones para ese doble crimen, entonces, a toro pasado, se hacía lo siguiente para comprobarlo:
En un recipiente muy grande se ponía la mitad de agua de un río (representando el yang) y el resto de agua de un pozo (representando el ying). A continuación , con la ayuda de un palo, se creaba un remolino dentro del barreño, luego, sin perder tiempo, las dos cabezas cortadas (la de la mujer y la del amante) se echaban dentro, y se esperaba a ver en qué posición quedaban una vez calmado el remolino del agua. Sólo si las caras quedaban enfrentadas eran culpables, si quedaban en cualquier otra posición, pues...
En otras culturas beber extraños y repugnantes bebedizos a base de excrementos, sangre, plantas venenosas y demás delicatessen, era otra de las maneras que tenían para comprobar la sinceridad de los testimonios, si el que bebía tales pócimas moría, que era lo más normal, pues era culpable de todas las acusaciones y sanseacabó.
Mi parte cinéfila y romántica se queda -en el hipotético caso de que hubiera que elegir- únicamente con el juicio de Dios caballeresco, sí, el de Ivanhoe. De hecho, creo que habría estado muy bien que todas las guerras y conflictos que han asolado, y asolan, este mundo nuestro, se hubieran podido solucionar así. Que en vez de estar los grandes mandos militares y políticos delante de sus pantallas, mesas, tiendas de campaña, o cimas de montaña, planeando y viendo como miles de hombres morían enfrentándose en contiendas por un palmo más de tierra o de poder, hubieran luchado ellos en el palenque, en singulares combates, defendiendo con sus propias vidas esos intereses.


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