Espejito, espejito..., repetía la madrastra de Blancanieves, buscando desesperadamente una respuesta que se ajustara a su vanidad. Pero eran esfuerzos inútiles, porque la principal cualidad de los espejos es devolver fielmente la realidad de lo que en ellos se refleja. Y hablando de vanidades y espejos, resulta curioso el hecho de que haya gente a la que le encanta estar rodeada de espejos, se miran en ellos decenas de veces a lo largo del día, en cambio otros los detestan. Se podría concluir que los primeros pertenecen a esa parte de la humanidad muy satisfecha consigo misma y que continuamente necesitan realizar esa reafirmación del propio ego; mientras que los segundos, no tan contentos con el resultado especular, prefieren no hacer tanto caso de su apariencia física. También habría un tercer grupo, el de los hipocondríacos, que dedican gran parte de su tiempo libre a mirarse el blanco de los ojos, si tienen la lengua más o menos sucia, las ojeras, las arrugas, la papada, el nacimiento del pelo,… Dispersos, entre esos tres grupos, se encuentra la mayoría de la gente normal de a pie, los que suelen tener un par de espejos en casa, el del baño en el que te miras y te arreglas recién levantado, y el de la entrada a casa, muy importante, no sé porqué, supongo que para comprobar que no sales a la calle hecho un adefesio.
Y echando
más que la vista, la imaginación, siglos y siglos atrás, debió de ser
emocionante ese primer momento en el que
el ser humano se reconoció como tal en el reflejo del agua, el primer y más
rudimentario espejo que nuestros ancestros conocieron.
Hay muchos
cuentos que hablan de espejos, éste es uno de ellos:
Un campesino chino vivía con su mujer y su
suegra en una aldea de tres o cuatro casas muy alejada de la ciudad. Bajaba dos
veces al año a vender su cosecha de arroz en el gran mercado de la ciudad. Ese
año obtuvo muy buen precio de venta y después de cerrar el trato se dedicó a
deambular por las calles de la ciudad. Vio en una tienda un objeto que le llamó
mucho la atención, era un espejo, aunque él no lo sabía. Le gustó como
reflejaba la luz y su mango con incrustaciones de marfil. Entró a la tienda, lo
cogió y al mirarlo vio el rostro de su difunto padre. No se lo pensó dos veces,
pagó lo que le pidieron y lo envolvió cuidadosamente en un trozo de manta antes
de ponerlo en su saco. Al llegar a su casa lo guardó cuidadosamente en un lugar
seguro del granero. Todas las noches, antes de dormir, iba allí, sacaba el espejo, que él creía que era algo
mágico, y pasaba un buen rato contemplando a su padre, eso le proporcionaba
mucha paz.
Pero claro, la mujer notaba algo raro en su
esposo últimamente, estaba diferente y, además, no entendía todas esas visitas
diarias al granero, así que un día que su marido tenía que ausentarse casi toda
la jornada, aprovechó y fue a investigar. Después de mucho buscar, encontró el
trozo de manta con el espejo dentro, que ella no sabía tampoco lo que era. Lo
miró y vio a una atractiva joven de pelo oscuro y ojos radiantes. Sintió una
gran tristeza pues pensó que su marido estaba engañándola, sin duda tenía otra
mujer. Fue llorando a ver a su madre, ésta cogió el espejo, lo miró y comenzó a
reírse diciéndole:





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