viernes, 23 de febrero de 2018

ESPEJITO, ESPEJITO...




Espejito, espejito..., repetía la madrastra de Blancanieves, buscando desesperadamente una respuesta que se ajustara a su vanidad. Pero eran esfuerzos  inútiles, porque la principal cualidad de los espejos es devolver fielmente la realidad  de lo que en ellos se refleja. Y hablando de vanidades y espejos, resulta curioso el hecho de que haya gente a la que le encanta estar rodeada de espejos, se miran en ellos decenas de veces a lo largo del día, en cambio otros los detestan. Se podría concluir que los primeros pertenecen a esa parte de la humanidad muy satisfecha consigo misma y que continuamente necesitan realizar esa reafirmación del propio ego; mientras que los segundos, no tan contentos con el resultado especular, prefieren no hacer tanto caso de su apariencia física. También habría un tercer grupo, el de los hipocondríacos, que dedican gran parte de su tiempo libre a mirarse el blanco de los ojos, si tienen la lengua más o menos sucia, las ojeras, las arrugas, la papada, el nacimiento del pelo,… Dispersos, entre esos tres grupos, se encuentra la mayoría de la gente normal de a pie, los que suelen tener un par de espejos en casa, el del baño en el que te miras y te arreglas  recién levantado, y el de la entrada a casa, muy importante, no sé porqué, supongo que para comprobar que  no sales a la calle hecho un adefesio.



Los espejos se conocen desde hace miles de años, hubo culturas antiguas en las que eran de uso corriente, los egipcios especialmente (muy coquetos ellos), pero también los griegos y los romanos. El concepto de espejo, no ya como pieza decorativa, tan empleada hoy en día, sino como utensilio para embellecerse y estar atractivo/a, es relativamente reciente en nuestra cultura occidental. Fue a partir de los siglos XV y XVI que empezó a convertirse en algo de uso común, sobre todo, como siempre, entre las clases más altas.
Y echando más que la vista, la imaginación, siglos y siglos atrás, debió de ser emocionante ese  primer momento en el que el ser humano se reconoció como tal en el reflejo del agua, el primer y más rudimentario espejo que nuestros ancestros conocieron.
Hay muchos cuentos que hablan de espejos, éste es uno de ellos:




 Un campesino chino vivía con su mujer y su suegra en una aldea de tres o cuatro casas muy alejada de la ciudad. Bajaba dos veces al año a vender su cosecha de arroz en el gran mercado de la ciudad. Ese año obtuvo muy buen precio de venta y después de cerrar el trato se dedicó a deambular por las calles de la ciudad. Vio en una tienda un objeto que le llamó mucho la atención, era un espejo, aunque él no lo sabía. Le gustó como reflejaba la luz y su mango con incrustaciones de marfil. Entró a la tienda, lo cogió y al mirarlo vio el rostro de su difunto padre. No se lo pensó dos veces, pagó lo que le pidieron y lo envolvió cuidadosamente en un trozo de manta antes de ponerlo en su saco. Al llegar a su casa lo guardó cuidadosamente en un lugar seguro del granero. Todas las noches, antes de dormir, iba allí,  sacaba el espejo, que él creía que era algo mágico, y pasaba un buen rato contemplando a su padre, eso le proporcionaba mucha paz.  
Pero claro, la mujer notaba algo raro en su esposo últimamente, estaba diferente y, además, no entendía todas esas visitas diarias al granero, así que un día que su marido tenía que ausentarse casi toda la jornada, aprovechó y fue a investigar. Después de mucho buscar, encontró el trozo de manta con el espejo dentro, que ella no sabía tampoco lo que era. Lo miró y vio a una atractiva joven de pelo oscuro y ojos radiantes. Sintió una gran tristeza pues pensó que su marido estaba engañándola, sin duda tenía otra mujer. Fue llorando a ver a su madre, ésta cogió el espejo, lo miró y comenzó a reírse diciéndole:
-¡Vamos hija, no has de preocuparte por nada, esta mujer es fea y vieja!





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