martes, 20 de febrero de 2018

RAGTIME

Hoy he visto Ragtime, de Milos Forman, 1981. Creo que es una muy buena película, por lo bien llevada que está y porque obliga al espectador a pensar, a reflexionar, sobre cuestiones importantes.  Ha sido una verdadera sorpresa y placer ver de nuevo al gran James Cagney en la que fue su última interpretación. 
En Ragtime su protagonista, hombre pacífico donde los haya, conforme va transcurriendo la historia se va transformando, muy a su pesar, en alguien violento y, aparentemente, vengativo.
Una serie de acontecimientos encadenados le llevan a esa situación. Pero no es mi intención ir más allá con el argumento de la película, que recomiendo a todo aquel que aún no la haya visto. Tan sólo quiero compartir una duda existencial que esta película me ha reavivado: ¿debemos pensar que en la vida todo se rige por la ley, un tanto maniquea, de causa-efecto, o bien relajarnos y humildemente llegar a admitir que pueden ser varias las causas, los hechos que desencadenan nuestros episodios vitales, lo que nos ocurre diariamente? Ambas opciones implican una responsabilidad individual, si bien la segunda nos puede resultar un poco más tranquilizadora al abarcar un campo mucho más amplio y difícil de controlar.

Hay una pequeña historia que nos habla de esto:

-¿Qué es el destino? -le preguntó un hijo a su padre, al tiempo que veía a una comitiva llevando a un preso al cadalso en la plaza pública.
-Una sucesión interminable de eventos relacionados, cada uno influyendo en los demás.
-Pero, padre, esa respuesta no me satisface. Yo creo en la causa y efecto -le contestó el joven.
-Muy bien, observa eso -respondió el padre-. A ese hombre lo van a ahorcar, y ahora dime, ¿por qué crees que lo van a hacer, porque alguien le dio una moneda de plata que le permitió comprar un cuchillo con el cual cometió el crimen, porque alguien se lo vendió, porque alguien le vio cometer el asesinato, o porque nadie se lo impidió?

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