Hoy he visto Ragtime, de Milos Forman, 1981. Creo que es una muy buena película, por lo bien llevada que está y porque obliga al espectador a pensar, a reflexionar, sobre cuestiones importantes. Ha sido una verdadera sorpresa y placer ver de nuevo al
gran James Cagney en la que fue su última interpretación.
En Ragtime
su protagonista, hombre pacífico donde los haya, conforme va transcurriendo la
historia se va transformando, muy a su pesar, en alguien violento y,
aparentemente, vengativo.
Una serie
de acontecimientos encadenados le llevan a esa situación. Pero no es mi
intención ir más allá con el argumento de la película, que recomiendo a todo aquel
que aún no la haya visto. Tan sólo quiero compartir una duda existencial que
esta película me ha reavivado: ¿debemos pensar que en la vida todo se rige por
la ley, un tanto maniquea, de causa-efecto, o bien relajarnos y humildemente
llegar a admitir que pueden ser varias las causas, los hechos que desencadenan
nuestros episodios vitales, lo que nos ocurre diariamente? Ambas opciones
implican una responsabilidad individual, si bien la segunda nos puede resultar
un poco más tranquilizadora al abarcar un campo mucho más amplio y difícil de
controlar.
Hay una
pequeña historia que nos habla de esto:
-¿Qué es el destino? -le preguntó un hijo a su padre, al tiempo que veía a una comitiva llevando a un preso al cadalso en la plaza pública.
-Una sucesión interminable de eventos relacionados, cada uno influyendo en los demás.
-Pero, padre, esa respuesta no me satisface. Yo creo en la causa y efecto -le contestó el joven.
-Muy bien, observa eso -respondió el padre-. A ese hombre lo van a ahorcar, y ahora dime, ¿por qué crees que lo van a hacer, porque alguien le dio una moneda de plata que le permitió comprar un cuchillo con el cual cometió el crimen, porque alguien se lo vendió, porque alguien le vio cometer el asesinato, o porque nadie se lo impidió?

No hay comentarios:
Publicar un comentario