En 1964, el director Stanley Kubrick nos sorprendía con su inolvidable película, protagonizada entre otros por los polifacéticos George C.Scott y Peter Sellers. ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú. Un film que, recién salidos de la Guerra Fría, trataba temas tan serios como la conflagración nuclear en tono sarcástico y humorístico, nos dio qué pensar acerca del peligro que supone que una decisión tan importante como la de iniciar un conflicto bélico a escala mundial dependa, en última instancia, de la opinión o del estado de ánimo de un solo individuo, o de unos pocos, da igual. En la película se plantea una situación que por lo descabellada, pero al mismo tiempo posible, producía escalofríos.

Curiosamente, diecinueve años más tarde, en 1983, se produjo un acontecimiento que recordó al mundo en qué frágil situación nos encontramos ante todo ese arsenal de armas atómicas desplegado a lo largo y ancho de nuestro querido planeta Tierra.
El día 26 de septiembre de 1983, a las 00:14 horas, un satélite soviético alertó de que un misil estadounidense había sido lanzado y que en 20 minutos llegaría a Rusia. Stanislav Petrov, teniente coronel del ejército ruso, era el encargado de la seguridad militar soviética aquella noche. Petrov pensó que se trataba de un error, nadie iba a empezar un ataque nuclear con tan sólo un misil. Pasados unos minutos, los ordenadores soviéticos alertaron de otros cuatro misiles que se dirigían igualmente a Rusia. Había que contestar ya al ataque. Pero el teniente coronel, a pesar de la alerta, siguió pensando lo mismo: si Estados Unidos tenía miles de misiles, porqué iba a lanzar únicamente cinco, Petrov seguía convencido de que se trataba de un error. Ordenó esperar y, finalmente, resultó ser una falsa alarma motivada por unos extraños reflejos de rayos solares en las nubes debidos a una conjunción astronómica.
La lógica, el sentido común y la sangre fría de Stanislav
Petrov evitaron una conflagración mundial.
Las autoridades soviéticas del momento se sintieron humilladas por el incidente, se intentó, inútilmente, silenciarlo a la opinión pública y Petrov fue degradado por no avisar a sus superiores, lo cual habría supuesto, con toda seguridad, un contraataque.
Y qué mejor manera de homenajear a este militar en el que primó su lado más humano y sensato frente a la rígida escala militar de mando, que dedicarle esa preciosa canción que se oye al final de la película y que dice:
We'll meet again, I don't know how, I don't know where, but I know we'll meet again some sunny day...
(Nos volveremos a encontrar, no sé cómo, no sé dónde, pero sé que algún día soleado volveremos a vernos...)
Las autoridades soviéticas del momento se sintieron humilladas por el incidente, se intentó, inútilmente, silenciarlo a la opinión pública y Petrov fue degradado por no avisar a sus superiores, lo cual habría supuesto, con toda seguridad, un contraataque.
Y qué mejor manera de homenajear a este militar en el que primó su lado más humano y sensato frente a la rígida escala militar de mando, que dedicarle esa preciosa canción que se oye al final de la película y que dice:
We'll meet again, I don't know how, I don't know where, but I know we'll meet again some sunny day...
(Nos volveremos a encontrar, no sé cómo, no sé dónde, pero sé que algún día soleado volveremos a vernos...)
Gracias, Stanislav




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