“¿Soy yo la K de tu libro?” le
pregunta Katherine, una noche en el desierto, al conde Lászlo Almasy, el
Paciente Inglés. No obtiene una contestación clara, pero todos sabemos que
efectivamente sí lo es. En esta bella y
complicada historia de amor el lector/espectador se encuentra con el tesoro de
muchas otras historias intercaladas, como ocurre igualmente en la inolvidable
Memorias de África. Y es que a nosotros,
estos habitantes del tercer planeta del Sistema Solar, que seguimos, después de
más de 5.000 años de existencia consciente, sin saber qué hacemos aquí, nos encantan las historias, los cuentos.
Mitigan nuestra soledad en este espacio infinito, nos ayudan a evadirnos de
nuestras preocupaciones cotidianas, que no son pocas, y también nos ayudan a
comprender a los demás y, por extensión,
a nosotros mismos.
En los complicados tiempos que corren, esas historias, esos cuentos
maravillosos y enigmáticos son más necesarios que nunca y como decía Rubén
Darío: ¿Cuentos quieres, niña bella? tengo
muchos que contar…
Así
que…empecemos
Había un
gorrión minúsculo que, cuando amenazaba tormenta y el cielo temblaba con los
truenos, se tumbaba en el suelo y levantaba sus patitas hacia el cielo.
−¿Por qué haces eso? –le preguntó un día el zorro.
–¡Para proteger a la tierra, que contiene muchos seres
vivos! –contestó el gorrión–. Si por desgracia el cielo cayese de repente, ¿te
imaginas lo que ocurriría? Por eso levanto mis patitas, para sostenerlo.
–¿Y con esas enclenques patas que tienes piensas sostener
el inmenso cielo? –preguntó el zorro riéndose de él.
–Aquí abajo, cada uno tiene su cielo –le respondió el
pajarito–. Vete, tú no puedes comprender…
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